El Terremoto y el Aluvión

Y así, en pleno esplendor; cuando más anhelos, más esperanzas, más expectativas bullían en la mente ciudadana; el aciago 31 de Mayo de 1970, sin anuncio, sin preámbulo, en forma súbita, incontrolable, se produjo el cataclismo más horrendo de todos los tiempos. La tierra embravecida se agrietaba abriéndose tremendas zanjas humeantes; luego, el desprendimiento de un inconmensurable alud del pico norte del Huascarán cayó de bruces sobre Yungay, borrándolo totalmente del mapa, sepultando miles de vidas y ocasionando inmensas pérdidas materiales. Yo lo vi porque estuve ahí, y me salve milagrosamente por haber ido a espectar el Circo llevando un centenar de niños para quienes gestioné gratituidad del espectáculo. Al comenzar el fatídico terremoto la función circense no se iniciaba pues estuvo anunciaba para las 3:30 p.m.

Foto Terremoto 31 de Mayo

El terremoto, según aseveran los científicos, liberó energía equivalente a 500 bombas atómicas. El alud tenía 70 millones de toneladas de masa morrénica y era 30 veces mayor que el que en 1962 destruyó Ranrahirca. El movimiento sísmico alcanzó de 5 a 7 grados en la escala de Richter. Era el más intenso del planeta en la era cristiana.

Parecía el fin del mundo. Todo se caía todo volaba por los aires. Vi planchas de calamina que ondeaban por los aires como cartas de juego y el polvo no me dejaba respirar ni ver más de un metro de distancia. La tierra temblaba y se ondulaba como cuando hierve el agua, retumbando por dentro como piedras que se desmoronan; las grietas o zanjas que se habrían por doquier no permitían ni siquiera arrodillarse para rezar y había que saltar de un lugar otro con el riesgo de ser tragado.

Luego sobrevino el aluvión, con fragor de trueno, con ruido semejante a cien aviones de propulsión a chorro, con una velocidad indescriptible, abarcando tanta extensión que no podía correr hacia ningún lado. Como una posibilidad, corrieron numerosísimas personas de toda edad hacia el norte con la esperanza de salvarse, pero a pesar de de haberlas visto yo a menos de cien metros y oírles gritar desesperadas: ¡¡¡”Aluvión”, “Sálvese quien pueda”. “Misericordia, Señor”, “Dios mío”!!!, no llegaron a donde estuve.

Yo no atiné a correr, no fue necesario hacerlo, porque un viento huracanado, explosivo, violento, que precedía la ola aluviónica, me elevó del piso y me “arrojó” como a veinte metros y pasó el alud cubriendo a los que corrían. Ahí, por Cochahuaín, dejo de correr y no arrasó esa zona; llegó hasta el lugar donde unos minutos antes había yo  pretendido arrodillarme sin lograrlo. Siento escalofrío al recordarlo; no había a donde dirigirse. Todo era un manto de barro, un pavoroso silencio, una densa neblina y la noche llegada lóbrega, tenebrosa y aterradora. Ni un ave surcaba el espacio.

Los escasos sobrevivientes de la zona norte nos agrupamos solidarios, tristes, llorando silenciosamente por padres, hijos, hermanos, amigos, vecinos; por todos los seres queridos que ya nunca volveríamos a ver. Recuerdo que en ese instante nos encontramos con mi hijo, que también había salvado milagrosamente. Con él y los que conformaban el grupo buscamos, ascendiendo al cerro, un lugar donde acampar y pasar la noche, en suspenso, sin poder cerrar los ojos, llorando por los muertos; pensando en que habíamos quedado sin techo, sin víveres, sin ropa, sin nada; ¡Qué pesadilla! Mientras tanto, la tierra seguía temblando intermitentemente ¡Cuántos quedaron sordos, mudos y perdieron la razón, traumatizados por el horror y el espanto; por la terrible tragedia ahí vivida!

Los pocos niños que se salvaron con nosotros,  de tanto en tanto, entre sollozos; preguntaban: ¿Por qué no viene mi papá? Con un nudo en la garganta, no atinábamos a responder.

Yungay, antes y después del terremoto

Era una ciudad protegida

Yungay era una ciudad protegida contra los desbordes de las lagunas o aludes de la Cordillera Blanca por los inmensos contrafuertes de cerros que le servían de baluarte inexpugnable. Tranquilos y seguros vivieron en ella nuestros padres y antepasados, felices vivimos ahí los que hoy lloramos por los nuestros. Una que otra premonición de peligro eran descartadas por aseveraciones técnicas que afirmaban la absoluta seguridad de la bella ciudad. Más, el atroz movimiento sísmico desquició pavorosamente moles del Huascarán de más de un kilómetro de ancho, trayendo ciclópeamente cuesta abajo, calculada a razón de 400 Km. por hora, contra lo que no había barrera imaginable.

El volumen del Río Santa, que corre a los pies de la Cordillera Negra, aumentó con el embalse 50 metros de espesor, y retrocedió más de dos kilómetros cuesta arriba, hasta Mancos, para luego descender furiosamente, hinchado y devorador, hacia el lejano mar.

Del hermoso Yongay, exuberante y florido, no quedó nada; sólo un erial de barro y piedras y cuatro palmeras tristemente erguidas, muertas por dentro. Ya no las más de treinta que gallardamente exhibían en sus tallos carteles con hermosos pensamientos filosóficos que los turistas copiaban en sus libretas recogiéndolos como mensaje cultural de la ciudad.

Es necesario aclarar un punto. Hablaba de que los contrafuertes de cerros formaban un baluarte inexplicable. En efecto, el ingeniero Ignacio Ramos Olivera explicaba reiteradamente la no peligrosidad del lugar, tranquilizando un tanto los ánimos del pueblo que se mantenía siempre a la expectativa de una catástrofe ocasionada por desprendieminetos de las cornisas del Huascarán, ya que los andinistas que escalaban de vez en cuando el nevado, se referían a unas enormes grietas en ellos. Más, el año 1962 precisamente, el 10 de Enero, tuvo lugar un alud que sepultó Ranrahirca y la Misión Japonesa encargada por el gobierno de efectuar los estudios de las causas y dimensiones del suceso, advirtió que la erosión del alud arrastró gran parte de la quebrada por donde corrió el mayor volumen de lodo pero no pudo “arrancar” con toda su potencia, una enorme cresta pétrea que emergía en el contrafuerte marginal sur y nos indicaron la conveniencia de hacer las gestiones necesarias para eliminar dichas crestas pues de sobrevenir otro bloque del nevado, chocaría irremisiblemente contra aquella y un “salpicón” cubriría todo Yungay.

Cundió el pánico y las autoridades y vecinos notable tomaron seriamente la advertencia y con sendos memoriales y comisiones a Lima ante el gobierno central solicitaron sea destruido aquel bloque; pero, pese al planteo reiterativo de su urgencia y la importancia no fuimos atendidos, por lo cual se produjo lo predicho y Yungay fue borrado del mapa; ¡Oh incuria culpable!

Y desde aquél 31 de Mayo de 1970 ¿Qué se ha hecho por Yungay, la víctima propiciatoria de la hectombe? De tanta ayuda del mundo entero, ¿Se ha invertido en Yungay la parte proporcional y justa?

Muerte sin agonía, vida sin esperanza de retorno al terruño, pues aún teniendo posibilidades de expansión urbana que permitía a todos los yungaínos ausentes que todo lo perdieron menos la vida y la fe, volver a poseer un techo bajo ese cielo serrano, no lo propicia el gobierno. La nueva generación con inquietudes y esperanzas de modernismo, de otro grado de afecto a la tierra, es distinta, es diferente…

Yungay, yaces con todos tus tesoros humanos y materiales desde hace más de veinte años y aún está fresca la herida que dejó tu muerte sin agonía, tu muerte súbita como sueño terrorífico. ¡Oh mi Yungay! no te olvidaré mientras viva…

Yungay 1966

Narración: Sobreviviente del terremoto de 1970, Yungay – Perú

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